Por azares del destino, del karma, del viento o de la vida hace alrededor de seis meses que no tengo televisión per sé; no carezco del aparatito cúbico sino del cable, ese mágico mecanismo que te transporta a la cocina de Emeril, a las “airheads” de E! o a la demagogia de Fox.
Entonces, ¿qué hacer cuándo el cablecito de la caja maravillosa se esfuma? Llorar, dirían unos; hacer lo que fuera por reinstalarlo, vociferarían otros. Es más, una persona, comentando sobre el tema, dijo: “tener un televisor con los canales locales o sin canales locales, es como no tener nada”. ¡Wow! Qué fuerte. Es decir, por esa hipótesis entonces se establece que el único propósito de la tv es reproducir programas de afuera, endeudarnos con 500 canales que no vemos y depender de ella hasta el punto de repudiar al que no la tiene…
La televisión en Puerto Rico comenzó a principios de la década del cincuenta, con Telemundo y WAPA TV. Desde ahí varias generaciones han crecido con la figura del televisor como padre freudiano, como acompañante, amante, pana de viernes social o simplemente como niñera. (Le estoy tirando duro al fenómeno de la tele, lo sé, mis disculpas a los tele-adictos, es que tengo distancia y licencia para hacerlo). Bueno, la tv no es toda negra y mala. Por ella presenciamos la “llegada a la Luna” de Armstrong, debates políticos, la guerra de Vietnam (sí, para detrimento del imperio), el arribo de los “reality shows”, las películas traducidas, LOS SIMPSONS, las comedias de Chespirito, los culebrones mexicanos, el Discovery Channel, la generación MTV y el tratado especializado de la noticia como nos la de TVE y demás.
Pero volviendo al tema chicle, ¿Cómo han sido estos últimos meses sin televisión?, (De manera muy sarcástica) ¿En qué me he refugiado? Bueno, como cualquier perdida uno pasa por diferentes etapas. Primero la de incredulidad, luego enojo, aburrimiento, añoranza e indiferencia. Tengo que explicar que yo no era muy adicta, por razones de estudio y trabajo. Me he refugiado, más que antes, en la lectura (no es ahora tenga aires de ilustrada), de igual forma en estar lejos de mi casa, escribir, estar con mi perro, aunque también he aprendido a utilizar el televisor como auxiliar del DVD. Sí, se pueden ver vídeos y devedes (dvds), para asombro de la persona que cité anteriormente.
No todo puede ser bueno, ¿verdad? He suplantado la tele por el Internet. Estoy adicta a esta chavienda, al Gmail, a Facebook, a Endi.com, a el Pais.com; o sea que soy una enferma regenerada. Otra cosita mala de la falta televisística, cada vez que me empiezan a hablar de programas bien chéveres, anuncios graciosísimos, de biografías de famosos, de Everybody loves Raymond o Golden Girls yo me quedo en mutis. ¡Ah! Lo peor es cada vez que me ponen un televisor frente, no importa si transmiten carreras Nascar, KickBoxing o un discurso de Bush me quedo embelesada, tragando baba sin digerir, como zombie.
La verdad es que, para darle un tomo melodramático al asunto, extraño la televisión. Todavía no la necesito porque me compré una antenita que emite el canal 11 donde satisfago un poco el morbo y veo por una hora a los Simpsons con éxtasis.



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