Del loco que se viste de blanco
Hubo un anciano, bueno un casi-anciano, que colocó mis dedos en su frente para que sintiera los vestigios de plomo que le quedaban en la sien. Era una bala que le habían disparado mientras estaba en Kuwait, a principios de la década del 90, cuando otro Bush jodía las relaciones con el medio Oriente.
Sin más introducción, el casi-anciano y para ese entonces desconocido, se sentó junto a nosotras (y digo nosotras porque tomaba una cerveza con una amiga) en la mesa de aquella barra riopedrense. Intentó romper el hielo al decir que parecíamos hermanas, que teníamos a misma 'templanza' en la mirada y no sé qué otra cosa. A mí me pareció un ser muy interesante. Confieso que había estado estudiando su comportamiento desde que comencé a visitar con frecuencia ese chinchorro aledaño a la Universidad, hace alrededor de tres anos.
Era él, el hombre vestido todo de blanco, manchado con polvo y aceite, el loco siempre pegado a su radio portátil, que ahora estaba delante a nosotras contándonos sus líos en horas de trabajo (laboraba en la taberna en la que yacíamos). Había pertenecido al Navy norteamericano durante 15 anos, tiempo que estuvo 'estacionado' en Arabia, New Jersey, Japón, entre otras localidades. En dichos años de servicio fue que recibió varios disparos mientras se disputaba la Guerra del Golfo Pérsico. Según cuenta, le tomo seis meses la recuperación, se quedó con una bala en el cuerpo y fue pensionado por la milicia de Estados Unidos.
La vocación periodística iba acrecentándose. No paraba, no parábamos de preguntarle acerca de su vida, de la razón por la cual siempre viste de blanco y de su pulsera. Esa pulsera que tanto quería para mí, la de cuentas verdes y amarillas, la Yoruba.
"Yo soy hijo de Obatalá, el es mi Papadiós, visto de blanco por una promesa que le hice...Desde queme sanó del vicio, hace más de 10 años, visto de este color como una ofrenda", decía mientras hacia muecas con los labios. “¡Qué mucho ustedes preguntan!", expresó el hombre de tez clara, ojos azules y cabello gris.
El ex-marine entonces prosiguió a develarnos que éramos hijas de Ochún. Ella es otra deidad de la Santería, vive en las corrientes de agua dulce, es hermana de Yemayá, un tipo de diosa Venus-Afrodita, muy coqueta y que lo da todo por sus retoños. Para nuestra sorpresa nos enteramos también que las hijas de Ochún son muy zalameras. El casi-anciano dejó ver éramos peligrosas porque 'enamorábamos' con facilidad. Interesante, lo que condenaba mi educación católica, este sincretismo lo veneraba.
El hijo de Obatalá habló de muchas cosas, de los estudiantes 'terroristas' de la Universidad, de nuestras bocas, de la mujer que le mueve el alma, de su vida en Río Piedras, de la salsa y de su trabajo en taberna en la que nos encontrábamos. Antes de irse, el instó que debíamos llevarle un obsequio a Ochún, que debíamos visitar un río y entregarle alguna dádiva.
"Llévenle flores y miel... Háblenle... tengan fe que ella escucha". Acto seguido, el loco de Río Piedras se incorporó a su trabajo sin nombre en el lugar, con un trago de Cuba Libre en la mano se despidió y sin soltar su pequeño radio portátil dijo que cuando visitáramos Ochún, él iría con nosotras.





am_zoo dijo
Por lo visto la guerra deja muy pillada a la gente...
31 Diciembre 2007 | 02:22 AM