Si se aborda, se cuenta
Miraste hacia el lado mientras buscabas cuál era la cantidad exacta y necesaria para abordar. Había una señora con ese peinado que tanto critica el lado hispanófilo de tu familia. “Hay que tener pantaletas para salir a la calle en dubi”, recalcó en la memoria la voz de tu tía, blanca y perfilada.
Decidiste ignorar las prendas ajenas, si total qué importaban. Y te hiciste la desentendida y pagaste sólo 60 centavos. No te atreviste a mirar al chofer. Ya inmersa en las butacas vinos y marrones, la curiosidad espió por quienes ahora compartían transporte contigo. Sí, es cierto, podrías haber llamado a tu amiga para que buscara, pero pensaste que quizás, recordando los años en aquella escuela franciscana, valdría la pena el sacrificio del calor.
¡Qué gran gesta decidiste realizar ése día! Te levantarías y te perfumarías igual. “Hoy tomo transporte público”, repetiste sonreída. Había que ir sencilla, te acomodaste las tenis rosadas y apretaste el pantalón. “Hora de caminar”, pensaste al tomar la mochila, que algún momento fue color salmón, y hoy sólo es la crítica perfecta de tu desdeñez.
Llegaste a la parada y no querías que ningún carro conocido lo fuera, pues deseabas desconocerte en un lugar tan habitualmente conocido para ti. Bajo el calor de las doce (“que horas para salir”), el techo en cinc de la parada se doblaba. “Ten cuida’o, nena. Aquí roban mucho”, pronunció una dama. Y la observaste extrañada, puesto que este recinto inexplorado pero aledaño a lo que concibes como terruño, era para ti inofensivo. El hombre de los pantalones corduroy te miró, mientras se rascaba, lo que sabías que frente a la gente no debía rascar. Así se repetía la historia, entre piquiñas y conversaciones ajenas, y seguían pasando los minutos, que llegaban a 10 y luego a 20 y se multiplicaban por dos.
La guagua no llegaba y el sol, que ya no era de las doce, continuaba su labor de alumbrar y perforar a cualquiera que se atreviera a salir de la sombra de cinc que proveía la parada. Pero al fin y una hora después de lo estipulado llegó la 18. “Tendré algo que contar”, pensaste.

Era tan monótona tu vida que quedaste asombrada con las damas que entraron durante la quinta parada y que en fragmentos narraban sus biografías. “A ella que no se meta, dile, que ése es mío”, dijo a la que nombraste en tus apuntes Amanda. “Bueno, ella busca y encuentra lo que quiere ser encontrado”, contestó la otra en defensa de la desconocida en cuestión. A ésa decidiste llamarle Mayra. Ellas, Amanda y Mayra, se bajaron un poco más adelante. “Qué lástima”, te afligiste, hubieran ayudado a tu vocación casi periodística, casi literaria. "Pero ya qué rayos", consideraste, al ver el vehículo casi vacío. "No mas historias por usurpar".
Cercano ya tu destino final, hiciste un recuento muy escueto de lo acontecido. “Tengo que salir de este país a buscar aventuras”, razonaste durante el inventario de vivencias.
Primero, la doña y su dubi, luego el sol, la advertencia de robo, el rascabolas en corduroy, el calor, la AMA atrasada, las muchas paradas, Amanda y Mayra hablando y el arrivo a la Avenida Universidad.
"¿Y ahora qué?". Pero antes que pudieras apenarte y tan pronto como te bajaste y la guagua echo a correr, viste a aquel joven medio distante, medio amigo, con el que solías almorzar. Te le acercaste orgullosa y comenzaste a narrarle: “Chico, a que no sabes cómo llegué a la yupi hoy…”




Alfonso dijo
Genial
18 Mayo 2008 | 05:59 PM