Recuerdo de amores a media luz (cuento)
Dos parpadeos a medio abrir como toda ella, una mitad sofocada. Buscaba en la casi oscuridad de su cuarto (“ay, tantas veces compartido en la juventud errante”) una aspereza ilusoria para agasajar la vida o simplemente la penumbra.
Entonces decidió desarmar, en la noche aquella, los acertijos de su vera vacía. A veces sentía que su destino (“crueles fueron las Moiras”) de “solterona”, de diestra vacante se debió a que en la pubescencia gastó toda la porción de amor destinado.
No faltó el recuerdo, ahora monocromático, del besillo enjabonado, aquel cariño limpio e infantil que se le desfiló a la hora del recreo. Seguida la aproximada adolescencia y la redondez muy pequeña y relativa de algunas partes de su cuerpo. De la primera lágrima quinceañera, de la traición tan ruidosa como el culebrón nocturno, de las muchas bocas degustadas, de la muchas complacencias, de las demasiadas complacencias… Rió.
Conmemoró, mojándose los labios con su lengua gris, su primera relación, la primerísima piel cercana y transgresora, los años junto a su barba, junto a su espalda ancha… Recordó el hastío de tragar tanto amor a destiempo, pensó que erró en dejarlo ir. Quiso estar sola para ser mujer y no necesitar acompañante. De hecho, estaba muy de moda verse sola y ostentar de mucho “casual sex” en los “late twenties”, aunque éste no fuera su caso.
Decidió obviar la treintena, la cuarentena y la cincuentena de descubrimientos, de múltiples retozos, de las muchas cosas primero condenadas, luego curioseadas y posteriormente gozadas. Detuvo el pensamiento, prefirió soslayar los deleites e insistir en su maldición de infertilidad escogida. Se echó hacia atrás, cubrió sus ojos buscando una lágrima… Insistió en que sólo tuvo amor bueno durante la adolecida adolescencia.
Instó en buscar la muchacha en ella, “será mi apostolado”. Y gruñó por todos los amantes que no tuvo y los que sí. Y le pidió perdón a los que dejó desenganchados, a los que miró en esa instancia con ojos desarrugados. Gritó y condenó su educación jesuita. Levantó a su gato. Juró volver, juró hacerse querer por todos nuevamente. “Lo lograré”, repitió. Soltó carcajadas muy malévolas, pensó la vecina trasnochada. Aplaudió ante su nueva vida comenzada. Pensó en trazar un plan, empezaría desde ya. Pero, mientras iba recordando los atajos y las calles que debía tomar, se quedó (junto a su plan) dormida.



Andrea dijo
Hola! Me gusto tu cuento estuvo muy interesante...Espero que visites mi blog para que te enteres de mi reto. cuidate!
28 Agosto 2008 | 09:28 PM