Crónica de un bicicleteo un tanto inadecuado
(Originalmente publicado en la revista "La Polis")
Al peatón que el tren no le queda a pasos o al que no le convenga las nuevas rutas del transporte colectivo (aún pensando en lo gratuito de la AMA) quizás debería plantearse la posibilidad de adquirir una bicicleta.
El vehículo que es, según lo define la Real Academia Española de la Lengua, de dos ruedas de igual tamaño cuyos pedales transmiten el movimiento a la rueda trasera por medio de dos piñones y una cadena, se ha convertido en todo un acontecimiento local.
Escuchaba decir a una recién llegada de uno de los Países Bajos, que había comprado allá su bicicleta durante las temporadas de especial. Y era la Policía quién vendía a precios más bajos aquéllas que hubieran sido confiscadas. Mi historia es un tanto (bastante) menos romántica. Este periplo comenzó con un profundo análisis. “La gasolina está cara, no tengo carro legítimamente propio, las guaguas públicas son vacilantes....”, fueron los argumentos más determinantes.
Así que en una tienda al por mayor, que yace asimismo multiplicada en la Isla, facturé mi compra. Después que uno pasa los ocho años y si no nos lucen los atavíos en "lycra" neón, las bicicletas se nos hacen un poco "passé". Digo, hasta el presente que asfixia’os en motores, deudas y tapón, es una alternativa bastante aceptada.
Ahora sólo necesitaría trazar una ruta menos laberíntica para llegar (y claro regresar) hasta mi punto de origen. Susana, o como llamé a mi nuevo vehículo bípedo púrpura, me llevaría, por ahora, a Río Piedras y de vuelta. Pero… ¿cómo lo hago?
Sin necesidad de escudriñar mucho me percaté de unos inconvenientes: la AMA no aborda bicicletas, la "pisicorre" menos, y luego de sacar el carnet de ciclista del Tren Urbano, se me ocurre que ninguna estación me queda muy asequible. Bueno, por lo menos la Ley de Vehículos y Tránsito enuncia que hay que “educar a los conductores de vehículos o vehículos de motor sobre la obligación de compartir la vía pública con los ciclistas”. Qué alivio.
Aún pensando en las desventajas de que la bicicleta no tuviera un carril exclusivo (aunque se le destine el derecho), no cupiera en las aceras y entorpeciera al transeúnte estaba determinada a pedalear a Susana. Decidí y pude hacerlo, no para divertirme…Esto era serio digno de una crónica.
Allá en Río Piedras el sol es un poco más incandescente, las bocinas no sobran, los “muévetes” tampoco. Y entre el marullo de gente sabatina y el “pobre nena y que corriendo bicicleta con este calor”, o los piropos a destiempo se me ocurrió pensar que lo logré. Que pude penetrar un espacio urbano (no residiendo en él) montada en un vehículo no motorizado, aunque con miedo al ‘tumbe’ de mi nuevo carro. Sudando en la Ponce de León, estorbando la salida y entrada a las librerías, zigzagueando por la plaza y en la De Diego…. Al medio día.
“Tú lo que estás es 'chulenado' con la bici”, me dijo un pana (éste sí ciclista) al que me encontré. “Bajar no es el problema a ver cómo regresas a Cupey (donde moro) con eso”, insistió. Pero no fue tan difícil… procuré montar debidamente la bicicleta en la guagua y regresar a mi destino.


